BIOGRAFÍA Y PERSONALIDAD DEL MONARCA
El 20 de enero de 1716, entre las tres y las cuatro de la madrugada, en el viejo, inmenso y destartalado Alcázar, nacía el niño que con el paso de los años iba a ser investido como rey de España con el nombre de Carlos III. Fruto del matrimonio de Felipe V con su segunda esposa, la parmesana Isabel de Farnesio, mujer de fuerte personalidad y opinión política propia, el nuevo infante venía al mundo con pocas posibilidades de ser proclamado rey de la vasta Monarquía hispana. Su infancia transcurrió dentro de los cánones establecidos por la familia real española para la educación de los infantes. Hasta la edad de los siete años fue confiado al cuidado de las mujeres, siendo su aya la experimentada María Antonia de Salcedo, persona a la que siempre guardó gratamente en su recuerdo. Después tomaron el relevo los hombres, comandados por el duque de San Pedro y un total de catorce personas que iban a conformar el cuarto del infante. El niño "muy rubio, hermoso y blanco" del que nos habla su primer biógrafo coetáneo, el conde de Fernán Núñez, gozó durante su primera infancia de buena salud, amplios cuidados y una enseñanza rutinaria dentro de lo que se estilaba en la corte española. Además de las primeras letras, Carlos recibiría una educación variada propia de quien el día de mañana podía ser un futuro gobernante. Así, la formación religiosa, humanística, idiomática, militar y técnica se combinaría durante años con la cortesana del baile, la música o la equitación para ir forjando la personalidad de un joven de buen y mesurado carácter, solícito a las sugerencias paternas y educado en la convicción de la evidente supremacía de la religión católica. También fue en su más tierna infancia cuando Carlos se aficionó a la caza y a la pesca, pasiones, especialmente la primera, que nunca abandonaría a lo largo de su vida.
Pronto el infante Carlos empezó a entrar en los planes de la diplomacia española y en las cábalas de Isabel de Farnesio, estas últimas destinadas a dar a su primogénito una posición acorde con su rango real. (…)Tras numerosas vicisitudes bélicas y diplomáticas en el complicado cuadro europeo, se presentó la ocasión propicia para que Carlos pudiera alcanzar un sillón de mando en Italia. La misma tuvo lugar con la muerte sin descendencia, en 1731, del duque Antonio de Farnesio, precisamente el día en que Carlos cumplía quince años, lo que propició que el joven infante fuera encauzado hacia los caminos de Italia. Primero se asentaría en los pequeños pero históricos ducados de Toscana, Parma, Plasencia, donde permanecería muy poco tiempo, pues los acontecimientos bélicos derivados de la cuestión sucesoria de Polonia lo condujeron finalmente a ser proclamado rey de las Dos Sicilias el 3 de julio de 1735 en Palermo, contando tan solo con diecinueve años de edad.
Nápoles no fue para Carlos un destino intermedio en espera del gran reino de España. Allí vivió un cuarto de siglo, allí emprendió una política reformista en un complicado país dominado por las clases privilegiadas y allí constituyó, con su amada esposa María Amalia, una familia numerosa de trece hijos, siete mujeres y seis varones. Durante su reinado napolitano, Carlos configuró definitivamente su carácter y su modelo de reinar, siempre ayudado por su consejero personal Bernardo Tanucci y siempre tutelado por sus padres desde Madrid. En términos generales aprendió a ser un rey moderado en la acción de gobierno, un soberano que supo animar una política reformista que sin acabar con todos los problemas que sufría el abigarrado pueblo napolitano y sin menoscabar los poderes esenciales de la nobleza, al menos sí consiguió que el reino se consolidara como tal, que fuera cada vez más italiano y que tuviera una cierta consideración en el concierto internacional.
Cuando ya pensaba que su destino último era Nápoles, la muerte sin descendencia de su hermanastro Fernando VI lo condujo de vuelta a su patria de nacimiento.
Fragmento de la Biografía de Carlos III, por Roberto Fernández Díaz, Catedrático de Historia Moderna (Universidad de Lleida), en: www.cervantesvirtual.com/historia/monarquia/carlos3.shtml
El reinado de Carlos III ha sido tradicionalmente considerado como el más acabado ejemplo de reformismo ilustrado español, y la mayoría de los historiadores ha elogiado su figura y su obra de gobierno, hasta el extremo de haberse convertido en un tópico hablar del “gran rey Carlos III” o del “mejor alcalde de Madrid”.
En los últimos años, está visión está siendo revisada; sin negar al Rey una serie de bondades tales como su prudencia, su habilidad y honradez tanto en el ámbito político como en el familiar o su sabia capacidad para escoger a colaboradores eficaces, no es menos cierto que Carlos III es el más claro ejemplo de la doctrina política del despotismo. Palabras suyas son: "quien critica los actos de gobierno comete un delito, aunque tenga razón". Era un soberano del despotismo ilustrado. Su propia relación con Madrid es compleja, mientras varios de los monumentos más simbólicos y representativos de la capital fueron erigidos durante su reinado, él trató de vivir en los Sitios Reales de los alrededores y no en el Palacio Nuevo (el Palacio de Oriente).
Su imagen se beneficia particularmente del hecho de que su muerte se produjo en diciembre de 1788, en las vísperas del gran cataclismo que, para las monarquías europeas, significó el proceso revolucionario que se simboliza en el julio parisino de 1789.
POLÍTICA INTERIOR: LOS MINISTROS
En el orden político, Carlos III supo rodearse de colaboradores fieles, inteligentes, capaces y trabajadores, la mayoría de los cuales se mantuvieron en el poder por largo tiempo. Los más importantes fueron:
- Ricardo Wall (secretario de Estado durante 4 años)
- Conde de Aranda ( 7 años Presidente del Consejo de Castilla)
- Marqués de Esquilache (7 años)
- Jerónimo de Grimaldi (13 años)
- Floridablanca (13 años)
- Campomanes (6 años Presidente del Consejo de Hacienda), de quien destaca su faceta intelectual.
- Manuel de Roda ( más de 15 años ministro de Gracia y Justicia)
Su importancia fue tal que algunos autores más que de absolutismo regio hablan de "absolutismo de los ministros". Domínguez Ortiz, en su libro Carlos III y la España de la Ilustración, resume el proceso en estos términos:
<<…la despersonalización de la Monarquía había avanzado lo suficiente como para que las carencias personales de un rey no influyeran demasiado en las tareas de gobierno. Lentamente se estaba verificando el paso de un gobierno personal a un Estado impersonal con órganos propios, que aseguraba la continuidad a través de los avatares personales (…). El Estado (durante la crisis de 1758-59 en que Fernando VI estaba loco y no podía reinar) era ya una maquinaria, reducida, pero de gran perfección, capaz de marchar por sí sola. El absolutismo regio era en la práctica el absolutismo de los ministros. De esta manera, silenciosamente, se estaba preparando el tránsito del Rey absoluto al Estado absoluto, en el que el rey sería más bien una instancia suprema y una garantía de continuidad que un órgano directo de gobierno>>.
Para conocer bien el reinado de Carlos III resulta indispensable estudiar la figura y la obra de los ministros y sus equipos de gobierno.
En ese momento histórico pugnan dos conceptos antagónicos; la teoría oficial habla de la delegación directa de la soberanía en el rey por parte divina (Carlos III por la gracia de Dios), pero en realidad, los ilustrados empezaban a preguntarse y a cuestionar esta teoría. Aunque bien es cierto que éstos se protegieron bajo el manto de un despotismo monárquico en el que no creían para llevar a cabo su política reformadora a cambio no transgredir el concepto de la soberanía de carácter divino. Uno de los políticos del período escribió estas reveladoras palabras:
"para el logro de las grandes cosas es necesario aprovecharnos hasta el fanatismo de los hombres. En nuestro populacho está tan válido aquello de que el rey es señor absoluto de la vida, las haciendas y el honor, que el ponerlo en duda se tiene por especie de sacrilegio, y de aquí el nervio principal de la reforma. Yo bien sé que el poder omnímodo del monarca expone la monarquía a los males más terribles, pero también conozco que los males envejecidos de la nuestra sólo pueden ser curados por el poder omnímodo…"
León de Arroyal en las Cartas al conde de Lerena.
En resumen, la política llevada a cabo durante el reinado de Carlos III obedece a la decisión de un pequeño conjunto de altos dignatarios que, contando con el apoyo del rey, gobiernan desde las Secretarías de Despacho y desde el Consejo de Castilla la Monarquía Española y sus inmensos espacios coloniales, que alcanzan en esos años la mayor extensión lograda hasta entonces por imperio alguno.
LAS ETAPAS DEL REINADO
Me parece interesante señalar, como lo hace Alfredo Floristán en Historia de España en la Edad Moderna, las diversas etapas que se pueden diferenciar en este reinado de casi treinta años de duración.
Entre 1759 y 1766, la etapa de las reformas precipitadas, estuvo ejemplarizada por el marqués de Esquilache, uno de los varios colaboradores italianos que lo acompañaron desde Nápoles. Terminó bruscamente con los graves sucesos de la primavera de 1766 y con la llegada a la cúspide del gobierno del conde Aranda, grande España y capitán general. Entre 1773 y 1776 el personaje más significativo en la Corte es el secretario de Estado Jerónimo Grimaldi, víctima política y cabeza de turco del fracaso que sufrieron las tropas españolas en Argel. La crisis se solucionó con la llegada a la secretaría de Estado de don José Moñino, conde de Floridablanca, y que permanecerá en ese cargo durante lo que quedaba de reinado.
PRIMERAS REFORMAS
En la primera etapa del reinado, Carlos III contará con la colaboración de Esquilache, con quien ya había trabajado en Nápoles, a quien nombrará secretario de Hacienda y Guerra del primer equipo de gobierno. Algunas de sus reformas son éstas:
- Esquilache y su equipo trató de revitalizar el proyecto ensenadista de reforma fiscal y se creó una renovada Junta del Catastro.
- Importó de Italia la lotería en 1763. Esta primera lotería española (llamada la “beneficiata”) serviría para mantener obras asistenciales.
- Creó un Montepío Militar en 1761, especie de seguridad social para los soldados y sus viudas y huérfanos, y que responde a la idea que está naciendo en este siglo y que prima el concepto de beneficencia sobre el de caridad.
- Inició una política de mejora de las infraestructuras urbanas, empezando por la villa de Madrid. Creó un moderno alumbrado, el alcantarillado y un sistema de desagües.
- Se dictaron medidas de corrección de costumbres y vestimenta, que trataban de evitar una forma de vestir que facilitara a los delincuentes ocultar sus armas.
- Dedicó un notable esfuerzo a reorganizar los temas militares, en lo que se refiere a los reclutamientos o a la creación de centros de formación de oficiales. Así, destaca la apertura del Real Colegio de Artillería de Segovia (1764).
- En cuanto a la política agraria, se tomaron una serie de medidas de carácter antiproteccionista que culminaron con la publicación del decreto que abolía la tasa del trigo y permitía su libre circulación.
Algunas de estas reformas, pero sobre todo la que abolía la tasa del trigo, fueron promovidas con poco tacto y en mal momento. La inoportunidad de esta última medida se debe a que en los primeros años de la década de los sesenta se venían dando malas cosechas y sequías, y los precios del trigo subían desde 1761. Y apareció el hambre. Se importó grano de Sicilia, como se hacía desde siglos atrás, pero en esta ocasión los propietarios españoles acusaron a Esquilache, siciliano, de querer aprovecharse del hambre de los españoles. Se estaba gestando la gran conmoción que afectó a media España, los "motines de primavera de 1766" o "motines contra Esquilache".
Aunque se interpretado este motín como organizado por algunos nobles y por los jesuitas, contrarios a las reformas, que indujeron al pueblo de Madrid a manifestarse por las calles, en los últimos años se ha abierto una nueva línea de interpretación (a partir de los trabajos de Pierre Vilar) que considera que fue un típico “motín de subsistencias”. Es decir, el pueblo, cuando tiene hambre, no necesita ser inducido por nadie para salir violentamente a la calle y exigir alimentos y atacar a quienes considera responsables de la escasez de la comida y de sus males cotidianos. En todo caso, tratarían de ser utilizados esos motines espontáneos, una vez en marcha, por los grupos privilegiados que aprovechan la coyuntura en su beneficio.
Los motines de primavera de 1766
El 23 de marzo de 1766 una gran multitud de gentes de Madrid se enfrenta a las guardias walonas (los cuerpos de policía son una creación del liberalismo del siglo XIX por lo que en el Antiguo Régimen, eran los soldados quienes actuaban en los disturbios callejeros). La chispa inicial estalló en la plaza de Antón Martín, el Domingo de Ramos a mediodía, cuando varios sastres se disponían a hacer cumplir la orden publicada el 10 de marzo anterior y que advertía de la obligación de llevar sombrero de tres picos y capa recortada. Algunos paisanos se enfrentaron a los sastres a sus escoltas y la pugna derivó en una algarada multitudinaria, que apedreó el palacio de Esquilache. El lunes siguiente se agravó el motín. En las refriegas mueren varias decenas de personas y son atacados palacios de otros colaboradores italianos del rey (Grimaldi y Sabatini) y del gobernador del Consejo y del corregidor, al tiempo que una vociferante multitud derriba las nuevas farolas que iluminaban Madrid y se encamina hacia el Palacio Real. Exigen que el Rey destituya a Esquilache, ordene la bajada del precio del pan y que “cada uno vista como quiera”. Caros III salió al balcón del nuevo palacio (lo ocupaba desde hacía dos años) y tuvo que aceptar las imposiciones de sus amotinados súbditos, incluyendo la destitución del secretario de Hacienda, sustituido por Miguel Múzquiz. El Rey partió esa noche para Aranjuez y no volvió a Madrid hasta diciembre. Desde ese día, receló del pueblo madrileño y no olvidó la humillación que significó esa jornada de marzo de 1766. Y se hizo llamar a los cadetes del recién creado Real Colegio de Artillería de Segovia y se les acantonó, con algunos cañones, en Pinto, a mitad de camino entre Aranjuez y Madrid.
En FLORISTÁN, A., Historia de España en la Edad Moderna, Ariel, 2004, p. 618.
La expulsión de los jesuitas (1767)
El gobierno de Carlos III, conmocionado por los motines, puso en marcha una investigación para depurar las responsabilidades. La principal consecuencia será la orden de expulsión de los jesuitas de todos los territorios de la Monarquía, decretada por el Rey el 2 de abril de 1767. La Real Pragmática no daba más razones que la voluntad real para la expulsión. Fue producto de las averiguaciones e informes que un grupo reducido de políticos ilustrados (del entorno de Campomanes) redactó para cumplir el deseo de Carlos III, hostil a la Compañía de Jesús.
La Compañía de Jesús era, en el siglo XVIII, objeto de polémica entre los políticos ilustrados y entre los privilegiados y las demás congregaciones religiosas por su defensa de algunos temas de debate teológico como el papel esencial del individuo en su propia salvación. Hay que recordar además las posturas encontradas entre Carlos III y la congregación en la cuestión de la canonización del obispo español Juan de Palafox, contrario a la Compañía de Jesús pero admirado por el Rey. Los jesuitas españoles fueron también acusados de soberbia intelectual, de acumular enormes riquezas, de influir entre los privilegiados a cuyos hijos educaban o de defender políticas contrarias al interés del monarca. En los meses posteriores a los motines, se les acusó de preparar y dirigir los graves tumultos de la primavera. Por todo esto, mediante decreto real se les expulsó de España y de todos sus dominios y sus propiedades fueron confiscadas.
Durante el mes de marzo de 1767 se preparó en secreto el dispositivo necesario para llevar a cabo la orden de expulsión. Esta orden llevó a Tarragona, Cartagena, Puerto de Santa María, Santander, La Coruña y a otros puertos a los 2.641 jesuitas de España, y en los mese siguientes se procedió a expulsar a los 2.630 de América. Pasaron un penoso calvario en los años siguientes pues el Papa no quiso aceptarles en los Estados Pontificios. No será hasta año y medio después que por fin se les permita desembarcar en Córcega.
En 1773 el Papa, fuertemente presionado por los embajadores de los reyes europeos destacados en Roma, decidió la supresión de la Compañía de Jesús. Hasta 1814 mantuvo Roma la Bula por extinción. Podrán volver a España en 1815, autorizados por Fernando VII.
Habiéndome conformado con el parecer de los de mi Consejo Real en el Extraordinario, que se celebra con motivo de las ocurrencias pasadas, en consulta de veinte y nueve de Enero próximo; y de lo que sobre ella me han expuesto personas del más elevado carácter: estimulado de gravísimas causas, relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad, y justicia mis Pueblos, y otras urgentes, justas, y necesarias, que reservo en mi Real ánimo: usando de la suprema autoridad económica, que el Todo Poderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis Vasallos, y respeto de mi Corona: he venido en mandar se estrañen de todos mis Dominios de España, e Indias, Islas Filipinas, y demás adyacentes, a los Religiosos de la Compañía, así Sacerdotes, como Coadjutores o legos, que hayan hecho la primera Profesión, y a los Novicios, que quisieren seguirles; y que se ocupen todas las temporalidades de la Compañía en mis Dominios.
Fragmento del Decreto de expulsión de los jesuitas de España despachado por Carlos III el 27 de febrero de 1767
Más información consultarhttp://webs.advance.com.ar/pfernando/DocsIglLA/Expulsion_jesuitas_intro.htm
OTRAS REFORMAS
- El comercio con las colonias: Otra línea de actuación de los gobiernos de Carlos III se dirigió a una paulatina liberalización del comercio con América. Carlos III continuó en una senda ya iniciada por los reinados anteriores y completó el proceso de abolición del monopolio comercial de Sevilla y Cádiz que se había iniciado con las medidas de Felipe V y de Fernando VI. En 1778 firmó un trascendental reglamento que concedía la libertad de comercio con todos los puertos americanos, excepto los de Venezuela (monopolio de San Sebastián hasta 1781) y los de Méjico, controlados por Cádiz hasta 1789.
- Las nuevas poblaciones: Poco después de la expulsión de los jesuitas se puso en marcha un proyecto que pretendía crear una serie de colonias para repoblar las zonas deshabitadas del interior peninsular (tierras de Sierra Morena y del valle medio del Guadalquivir) con la intención de fomentar la agricultura y la industria en una zona despoblada y amenazada por el bandolerismo. El conde de Campomanes estableció los principios básicos y encargó a Pablo de Olavide que dirigiese sobre el terreno los trabajos. Para ello, se atrajeron inmigrantes centroeuropeos, fundamentalmente católicos alemanes y flamencos.
Cada familia campesina asentada en los pueblos que se creasen disponía de:
50 fanegas de tierra.
Aperos de labranza y animales de tiro.
Un terreno para plantar árboles y viñas.
Se instalaron algunas manufacturas y se abrieron regadíos. No habría tierras comunales ni se permitiría el paso de ganados de la Mesta. Tampoco se autorizarían conventos y los únicos religiosos serían los curas de almas (los párrocos) y en número limitado.
El proyecto fue financiado por el Estado y supuso un experimento social para aplicar los principios ilustrados en la solución de los problemas agrarios. Se fundaron nuevos asentamientos como La Carolina, La Carlota o La Luisiana, en las actuales provincias de Jaén, Córdoba y Sevilla. A los diez años del inicio del plan, cerca de quince mil nuevos habitantes poblaban la zona.
Este relativo éxito levantó opiniones hostiles por parte de algunos ayuntamientos vecinos afectados y por parte de los poderosos, pero el principal ataque se dirigió contra la persona de Olavide, acusado por algunos religiosos de impiedad y de hacer críticas mordaces contra la religión. Este interesante personaje, nacido en Perú, y de carrera político-administrativa vertiginosa, acabó convertido en chivo expiatorio contra los "excesos" de los ilustrados. El rey Carlos III, que le había ido encumbrando hasta la importante magistratura que significaba ser el asistente de Andalucía, autorizó la detención de Olavide (en 1776), al que la Inquisición sometió a un "autillo de fe" y condenó a ocho años de prisión en un convento. Sefugó de su encierro –algunos autores piensan que el Rey lo permitió, una vez conseguido el efecto ejemplificador que había buscado al permitir su detención- y acabó siendo testigo directo de la Revolución Francesa. Volvió a España en el reinado de Carlos IV y murió en Baeza en 1803, rehabilitado y aplaudido por un libro que publicó bajo el significativo título de El Evangelio en Triunfo, o Historia de un filósofo desengañado.
Fuentes:
FLORISTÁN IMIZCOZ, A.: Historia de España en la Edad Moderna, Ariel, 2004
Biblioteca virtual Cervantes: www.cervantesvirtual.com
http://webs.advance.com.ar/pfernando/DocsIglLA/Expulsion_jesuitas_intro.htm
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